jueves, 22 de diciembre de 2016

KEYNES VS HAYEK. EL CHOQUE QUE DEFINIÓ LA ECONOMÍA MODERNA

Hará apenas un par de semanas que terminé de leer Keynes VS Hayek (Deusto, 2013), del periodista británico Nicholas Wapshott (algunos de sus artículos más interesantes, aquí: http://www.newsweek.com/authors/nicholas-wapshott). El libro está marcado, fundamentalmente, por el continuo contraste que hace Wapshott de los puntos de vista de estos dos decisivos economistas -John Maynard Keynes y Friedrich Hayek-, y que son, como bien es sabido por el público en general, radicalmente opuestos.   

Keynes abordó la crisis, la Gran Depresión que siguió al Crac del 29, partiendo de la consideración de que el laissez-faire se había visto superado por los acontecimientos, proponiendo llegar a una especie de punto intermedio entre capitalismo y socialismo, entre conservadurismo y socialdemocracia. Ello suponía que, partir de ese momento, el Estado debería intervenir activamente en la economía en aras de corregir las fluctuaciones del ciclo económico. Su propuesta para hacer frente y poner fin a la Gran Depresión se basaba esencialmente en una reducción de tipos de interés y en la inversión estatal en obras e infraestructuras públicas, medida especialmente impopular entre los tradicionales economistas de la Escuela austríaca. Frecuentemente Keynes alentaba y animaba a las familias británicas a comprar y a gastar para estimular la economía, convencido de que la clave última para combatir la terrible crisis del momento residía en el aumento de la demanda agregada.

John Maynard Keynes y Friedrich Hayek. Original aquí
La postura de Hayek, no obstante, en nada se parecía a la de Keynes. Hayek se mostró siempre como un defensor a ultranza del laissez-faire, considerando que la intervención del Estado en la economía no solo distorsionaría su funcionamiento y conduciría a la inestabilidad económica, sino también al desastre institucional -Hayek siempre alegó que las propuestas keynesianas conllevarían ineludiblemente la imposición de un régimen tiránico y dictatorial-. Hayek argumentaba que el Estado no conoce, ni puede llegar a conocer, los deseos, preferencias y necesidades de sus ciudadanos -o al menos no tan bien como ellos-, y que cualquier actuación que implicase una alteración artificial del sistema de precios "por decreto", vía sector público, sería profundamente negativa. Los mercados, pues, eran los únicos que para el economista austríaco podrían llevar al equilibrio, a un equilibrio natural. En medio de la extenuante y dantesca crisis que en ese momento asolaba el mundo, no sabía Hayek cuánto tiempo tardarían los mercados en alcanzar nuevamente el equilibrio, pero estaba convencido de que tarde o temprano lo harían. 

Wapshott dedica una gran parte del libro a relatar el tenso y hostil debate intelectual que se forjó entre estos dos economistas en los años 30. Las críticas de Hayek a la Teoría General de Keynes serían recurrentes, burlescas y, sobre todo, incisivamente feroces -más aún proviniendo de Hayek, hombre conocido por sus buenos modales y por su caballerosidad, así como por su sosegada tranquilidad. De otra parte, también la réplica de Keynes a las reprobaciones de Hayek fue satírica y ofensiva en cierto modo. La abismal disparidad entre dos concepciones de la economía que eran como el agua y el aceite dio lugar a esta "despiadada" -aunque enriquecedora e interesante al mismo tiempo, todo sea dicho- confrontación de ideas a lo largo de la década de los 30. 

Las ideas de Keynes, dice Wapshott, no alcanzarían su más absoluto reconocimiento entre las autoridades político-institucionales hasta después de su muerte. En efecto, muerto el economista de Cambridge, gobernantes del mundo entero comienzan a llevar a la práctica las propuestas de Keynes para salir de la crisis. El incremento del gasto público -y, consecuentemente, de la deuda pública-, las ayudas concedidas por los Gobiernos a múltiples actividades, la ampliación de prestaciones por desempleo, el aumento de los salarios mínimos o los planes de construcción de viviendas sociales fueron tan solo algunas de las medidas de índole puramente keynesiana que presidentes como John F. Kennedy o Lyndon B. Johnson adoptaron durante sus respectivos mandatos. Al mismo tiempo, grandes e influyentes economistas del momento, como John K. Galbraith o el premio Nobel de economía Paul Samuelson, se declararon fieles discípulos de la economía keynesiana. Las ideas de Friedrich Hayek -y de toda la Escuela austríaca en general- habían caído en el ostracismo, hasta el punto de ser consideradas como obsoletas y anticuadas. 

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, fervientes
defensores de las propuestas hayekianas.
No sería hasta la irrupción de la estanflación a comienzos de la década de los 70, cuando como consecuencia de la crisis del petróleo se alcanza una estrepitosa y alarmante inflación y unas muy elevadas tasas de desempleo cuando la economía da un vuelco radical hacia las ideas de Hayek. Las medidas de corte keynesiano que durante tantas décadas se habían llevado aplicando no resultaban efectivas ante un nuevo problema, nunca antes visto, que parecía requerir otro tipo de soluciones. Cobran relevancia ahora las teorías hayekianas, que serían llevadas a la práctica, principalmente, por Ronald Reagan en Estados Unidos y por Margaret Thatcher en Reino Unido. La privatización de empresas estatales, la eliminación de subsidios a sectores claramente improductivos, el control de la inflación -eterna enemiga de los austriacos- y de la oferta monetaria, y la disminución del gasto público, así como de los impuestos, fueron algunos de los platos fuertes de las administraciones pro libre mercado (con todo, Hayek nunca se mostró en exceso conforme con la política económica de Thatcher y de Reagan, aduciendo que, pese a hacer estos políticos grandes esfuerzos por reducir la dimensión del Estado, este seguía teniendo un peso importante en las sociedades británica y estadounidense, respectivamente). 

Wapshott también establece, ya en la parte final del libro, una suerte de paralelismo entre la Gran Depresión de los años 30 y la Gran Recesión que sufrimos hoy día. Cree Wapshott que la crisis de la que adolecemos en la actualidad es señal de que el libre mercado, dejado campar a sus anchas, no puede funcionar correctamente. Sin embargo, afirma que tampoco el keynesianismo puede considerarse como la solución a todos los problemas económicos, como demostró el relativo fracaso del paquete de estímulos de Obama de 2009, que era puramente keynesiano y que no logró poner fin, como Obama esperaba, a la crisis. Ni el libertarismo austriaco de Hayek ni el intervencionismo keynesiano son, por tanto, la panacea a todas las contrariedades de la economía, aunque cree Wapshott -esto como aportación suya- que el hecho de que el gasto público de todos los países occidentales sea mayor hoy que hace 70 u 80 años, y que también la regulación estatal de las empresas es mayor hoy que hace un siglo, puede ser indicio de que fue Keynes quien finalmente venció el debate intelectual.   

A pesar de dedicar la mayor parte del libro a contrastar de manera objetiva -o aparentemente objetiva- la teoría económica de Keynes y de Hayek, Wapshott trata de ir más allá de una mera redacción de hechos, evidenciando, por ejemplo, la permanencia que han tenido hasta hoy ambas doctrinas, la que siguen teniendo y la que tendrán en el futuro, haciendo alusiones a importantes economistas y a su forma más keynesiana o austriaca de entender la economía, e ilustrando del mismo modo cómo prácticamente todos los gobernantes desde el periodo de entreguerras hasta hoy -desde Franklin Delano Roosevelt hasta Barack Obama- han aplicado, en mayor o menor medida, las medidas de Keynes o de Hayek.

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